El sonido detrás de una experiencia multitudinaria
Ayer asistí a un concierto de Serú Girán junto a quizás otras cuatro mil personas que buscaban disfrutar los sonidos de la que fuera, a mi entender, la historia musical más relevante de la Argentina. El espectáculo se realizó en un espacio cerrado y la música llegó con fuerza y claridad a todo el público. Mientras escuchaba, surgió una pregunta aparentemente sencilla: ¿cuánta potencia hace falta para llenar de sonido un lugar así?
La respuesta no puede reducirse a una única cifra. En un concierto intervienen la potencia de los amplificadores, el consumo eléctrico, la eficiencia de los altavoces, el tamaño y la forma del recinto, la distancia hasta el público y el nivel sonoro que se busca alcanzar. Además, los vatios que aparecen en las especificaciones de los equipos no representan directamente el volumen que percibimos.
Para un espectáculo de aproximadamente cuatro mil personas en un ambiente cerrado, el sistema de sonido podría disponer, de manera orientativa, de una potencia máxima total de entre 80.000 y 180.000 vatios. No significa que esa potencia se utilice constantemente. Es, sobre todo, una reserva que permite reproducir los momentos más intensos de la música sin que el sistema pierda claridad o produzca distorsión.
No existe una cantidad fija de vatios por persona
Podría parecer lógico dividir la potencia total por la cantidad de espectadores, pero el sonido no funciona de esa manera. El sistema se diseña para cubrir un espacio, no para entregar cierta cantidad de vatios a cada persona.
Los técnicos consideran, entre otros factores:
- Las dimensiones y la geometría del recinto.
- La distancia entre el escenario y la última fila.
- La altura a la que pueden suspenderse los altavoces.
- La absorción producida por el público y los materiales del lugar.
- La reverberación y las reflexiones del ambiente.
- El nivel sonoro que debe alcanzarse en cada sector.
- El margen necesario para reproducir los picos musicales sin distorsión.
Por eso, dos conciertos con la misma cantidad de asistentes pueden necesitar sistemas muy diferentes.
Cómo podría estar formado el sistema
En un recital de estas características es habitual encontrar dos arreglos principales de altavoces, uno a cada lado del escenario. Estas columnas, conocidas como line arrays, pueden estar compuestas por diez, doce o más cajas por lado. Su función es distribuir el sonido de manera controlada desde las primeras filas hasta el fondo del recinto.
A ellas se suman varios componentes:
- Subwoofers, dedicados a las frecuencias graves.
- Front fills, pequeños altavoces que cubren las primeras filas.
- Refuerzos laterales o posteriores para sectores que quedan fuera de la cobertura principal.
- Monitores de escenario o sistemas personales para que los músicos puedan escucharse.
- Procesadores digitales, consolas, redes de audio y equipos de comunicación.
Los graves suelen demandar una parte importante de la potencia. Para mover suficiente aire en las frecuencias bajas hacen falta altavoces grandes, amplificadores capaces de entregar mucha energía y una cantidad adecuada de subwoofers distribuidos correctamente.
Potencia máxima y consumo real
Una de las diferencias más importantes es la que existe entre la potencia máxima del sistema y la energía que realmente consume durante el concierto.
La música no mantiene un nivel constante. Tiene silencios, pasajes suaves, golpes de batería, notas graves y momentos de gran intensidad. Un sistema que puede entregar 150.000 vatios no permanece toda la noche funcionando a ese valor. Necesita esa capacidad para responder a los picos sin comprimirlos ni distorsionarlos.
En un montaje de este tamaño, el consumo eléctrico promedio del sistema de audio podría ubicarse aproximadamente entre 20.000 y 60.000 vatios, aunque durante algunos instantes puede ser considerablemente mayor. Si se agregan la iluminación, las pantallas, los equipos de escenario y los servicios auxiliares, el consumo total del espectáculo podría encontrarse entre 100.000 y 300.000 vatios.
Son estimaciones generales. Para conocer los valores reales del concierto sería necesario disponer del inventario técnico, la distribución eléctrica y las mediciones realizadas durante el espectáculo.
Potencia eléctrica no es potencia acústica
Los amplificadores reciben energía eléctrica y la envían a los altavoces. Estos transforman una parte en movimiento del aire, que finalmente percibimos como sonido. Sin embargo, solo una fracción de la energía se convierte en potencia acústica; una parte importante termina transformándose en calor.
Esto significa que un sistema anunciado como de 100.000 vatios no está enviando 100.000 vatios acústicos hacia el público. La potencia eléctrica y la potencia sonora son magnitudes diferentes.
También importa la eficiencia de cada altavoz. Dos sistemas que reciben la misma potencia pueden producir niveles sonoros distintos. Por eso, comparar equipos únicamente por la cantidad de vatios puede resultar engañoso.
Los decibeles cuentan mejor la experiencia
Para describir lo que escucha el público resulta más útil hablar de nivel de presión sonora, medido en decibeles, que de potencia eléctrica.
La relación entre vatios y volumen percibido tampoco es lineal. Si duplicamos la potencia, el nivel aumenta aproximadamente 3 decibeles. Es una diferencia perceptible, pero está lejos de sentirse como el doble de volumen. Para obtener un aumento cercano a esa sensación harían falta aproximadamente 10 decibeles adicionales y, en condiciones equivalentes, cerca de diez veces más potencia.
Esta relación explica por qué un pequeño aumento en el nivel sonoro puede exigir una reserva de potencia muy grande.
Más potencia no significa necesariamente mejor sonido
La calidad de un concierto no depende de alcanzar el mayor volumen posible. Un buen sistema debe conseguir que la música conserve su equilibrio, su dinámica y su identidad en todo el recinto.
El resultado depende tanto de la potencia disponible como de:
- La ubicación y orientación de los altavoces.
- El ajuste temporal entre los distintos sistemas.
- La ecualización realizada para el lugar.
- El control de las reflexiones y de la reverberación.
- La mezcla que realiza el técnico durante el espectáculo.
- El margen dinámico conservado antes de llegar a la distorsión.
Un sistema muy potente mal configurado puede sonar agresivo, confuso o desigual. En cambio, un sistema bien diseñado puede ofrecer sensación de fuerza sin perder definición ni obligar a trabajar permanentemente cerca de su límite.
La potencia como reserva musical
Tal vez la mejor manera de comprender la potencia de un concierto sea pensarla como una reserva. Está disponible para que un golpe de batería tenga impacto, para que el bajo conserve profundidad, para que las voces permanezcan claras y para que un cambio de intensidad mantenga toda su emoción.
En un concierto como el de Serú Girán, frente a cuatro mil personas, probablemente había decenas de miles de vatios trabajando detrás de la música. Sin embargo, lo verdaderamente importante no era la cifra, sino la manera en que toda esa tecnología consiguió desaparecer para dejar en primer plano las canciones, los instrumentos y la experiencia compartida.
La potencia hace posible que la música llegue a todos. La calidad del sonido consigue que, aun dentro de una multitud, cada persona sienta que la interpretación también está dirigida hacia ella.
Antes de que el sonido llegue a los parlantes
La potencia y el sistema de amplificación permiten que la música alcance a miles de personas, pero no crean por sí solos su identidad. Antes de llegar a la consola, el sonido comienza en las manos del músico, en el instrumento y en la cadena de procesamiento elegida.
En el artículo “Antes de los parlantes: cómo Pedro Aznar y David Lebón construyen su sonido” exploramos cómo el bajo fretless, las guitarras, la amplificación y las herramientas digitales participan en la búsqueda de una sonoridad vinculada con Serú Girán. Allí distinguimos los antecedentes documentados del equipamiento atribuido a los músicos y de aquello que no podemos confirmar sobre el concierto.
